La insólita historia del amistoso entre Argentina y Burkina Faso tuvo un último capítulo a más de 7.000 kilómetros del Estadio Monumental. Tras un viaje contrarreloj, la convocatoria de emergencia de un seleccionado Sub 23 y la goleada sufrida frente al equipo de Lionel Scaloni, los futbolistas africanos regresaron a Uagadugú, donde fueron recibidos por la ministra de Deportes, Juventud y Empleo, Annick Pikbougoum/Zingué Ouattara. La funcionaria dejó en segundo plano el resultado y reivindicó la decisión de haber viajado a Buenos Aires.

“Estamos orgullosos de ustedes. Han protagonizado un hecho histórico, un acto patriótico. Más allá del resultado, vemos una victoria porque pudimos afrontar el desafío y cumplir con nuestra palabra”, expresó la ministra ante los jugadores de los Étalons Sub 23. Y agregó: “Gracias por haber estado presentes cuando el país los necesitaba”.
Las palabras de la ministra reflejan una historia que trasciende lo deportivo. Burkina Faso debía presentarse con su selección mayor, pero la delegación quedó varada en Casablanca tras la cancelación del vuelo chárter previsto para el 30 de septiembre. La propia Federación Burkinesa informó que el Ministerio de Deportes, la Federación y la Embajada en Marruecos se involucraron en las gestiones para conseguir una alternativa que permitiera disputar el amistoso. El comunicado reconoció incluso que los tiempos del nuevo viaje generaron “reticencias entre los jugadores”.
El problema no terminó con la disponibilidad de un nuevo avión. Varios integrantes del plantel absoluto rechazaron viajar, por lo que Burkina Faso debió convocar de emergencia a futbolistas Sub 23, en su mayoría provenientes de la competencia local, para cumplir con el compromiso. Medios burkineses también cuestionaron las condiciones económicas acordadas para el encuentro a través de la empresa intermediaria Eurodata Sport Ltd., vinculada al agente FIFA Jairo Pachón.
La improvisación derivó en una situación difícil de justificar para un partido frente a la subcampeona del mundo. El avión despegó desde Casablanca y, tras 11 horas y 42 minutos de vuelo cubriendo 9.231 kilómetros, aterrizó en Ezeiza a las 15:43 del sábado. Faltaban apenas cinco horas y 17 minutos para el inicio del encuentro, previsto para las 21 en el Monumental.
Los futbolistas aún debían realizar los trámites migratorios, trasladarse desde el aeropuerto y prepararse para jugar. La diferencia se reflejó rápidamente en el campo de juego. Argentina enfrentó a un equipo juvenil armado de urgencia, con jugadores sin experiencia internacional significativa y tras semejante desgaste. La Selección anotó tres goles en los primeros 11 minutos y terminó imponiéndose con claridad en un encuentro cuya competitividad había quedado condicionada mucho antes del pitazo inicial.
Por ello, las declaraciones de Pikbougoum/Zingué Ouattara aportaron una perspectiva diferente sobre un episodio que en Argentina quedó marcado por la desprolijidad organizativa. Burkina Faso no celebró el resultado ni intentó presentar la goleada como un éxito deportivo. Celebró haber llegado. Para su gobierno, aquellos jóvenes que aceptaron subirse a un avión a último momento, cruzar el Atlántico y presentarse prácticamente sin preparación en el Monumental permitieron que el país cumpliera una palabra que parecía imposible de sostener apenas 24 horas antes.
“Pudimos afrontar el desafío y respetar nuestra palabra”, subrayó la ministra. Una definición que resume la extraña noche del Monumental desde la perspectiva burkinesa: para Argentina, un amistoso de escaso valor deportivo; para esos Sub 23, cumplir con jugarlo se convirtió en un motivo de orgullo nacional.